Análisis de Furi

El planteamiento idílico en el que se puede enmarcar un combate necesita distintos ingredientes para ganarse la etiqueta de "legendario". Uno de esos condimentos es que el móvil de la batalla conlleve venganza, y mucho mejor si a las partes les ha dado tiempo a empecinarse para que el enfado haya evolucionado a hervor. La etapa donde los enfrentados, sean cuales sean, se obsesionan con reforzarse en su victoriosa ética. Esto, repito, esto es un pilar fundamental. Otro punto clave es el nivel de antagonismo, normalmente moral, que guardan los protagonistas. Batallas sin grises: sólo puede quedar uno. La victoria presupone que se impondrá la idea del Alfa, del que quede en pie. Como en la inmensa mayoría de enfrentamientos, el punto fuerte es conseguir empatizar con uno de los bandos, generalmente el bien, y que éste sea el incentivo de la batalla a muerte (algo que no deja de ser paradójico, pero eso es otro tema).

Pues bien, así arranca Furi: queriendo arrastrar al jugador en la inmersión de las batallas más ansiadas. Una narración que habla de todas las primeras veces que un protagonista se enfrenta a archienemigos anhelados, aunque en este caso no existe tanta ansia de venganza, sino que el objetivo está más relacionado con perseguir la libertad.

¿Las situaciones? Aparentemente perfectas: la víctima, esa piel que representamos, ha estado sufriendo hasta ahora bajo el yugo de la sumisión, y es algo que Furi pretende que no olvidemos. Es por eso que se repite mucho la idea de abrirse camino hacia la liberación, con lo cual el personaje principal, convencido por una voz cercana y coprotagonista, se da cuenta de que llega el momento de coger el mando y desenfundar la espada. Desenfundar una espada es de las mejores cosas que se pueden hacer para imponer orden y sanción.

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