Análisis de Romance of the Three Kingdoms XIII

Una de las aficiones predilectas de los europeos (y en especial de los españoles, faltaría más) es mirar por encima del hombro al americano medio. Con esa superioridad moral que da pertenecer a sociedades supuestamente avanzadas (no hay más que encender la televisión para comprobar que la nuestra es un verdadero primor), nos encanta abundar en la idea del redneck, de la basura blanca, de ese paleto de Wisconsin que vive en una autocaravana, piensa que Cristobal Colón era mexicano y no sabría situar Madrid en un mapa aunque su vida dependiera de ello. Es una idea que causa bastante ternura cuando uno se sienta delante de algo como Romance de los Tres Reinos, una de las cumbres de la literatura asiática y un compendio exhaustivo de las alianzas, batallas y personajes históricos que dieron forma durante más de cien años a una de las etapas más convulsas de la historia de China. Una obra de un valor histórico incalculable de la que me atrevería a asegurar que el 90% de los anteriormente citados no tenemos ni la más remota idea, y lo que es peor, estamos plenamente satisfechos con ello.

Se trata de un pequeño crimen cultural que bien mirado tiene su explicación, o al menos una que va un poquito más allá del simple chauvinismo rancio, quiero decir. Porque que a nadie le importe lo que hicieran un montón de chinos hace otro montón de años tiene su puntito triste, pero una vez a solas con el material original uno empieza a entender que el salto cultural es enorme, y que el principal obstáculo para el lector occidental está precisamente ahí, en un torrente de personajes y situaciones realmente difícil de asimilar. Me duele hacer esto, porque el símil comienza a estar tan sobado que entendería perfectamente que una patrulla del Comité de Ética Periodística apareciera ahora mismo por mi ventana, pero pensemos en Juego de Tronos. Ahora, multipliquemos el contador de personajes por diez, arrojemos todo lo que creemos saber sobre la diplomacia y las relaciones sociales a la basura, y sustituyamos el anexo final de cada libro por un galimatías que ni siquiera acertamos a pronunciar. Efectivamente, no estamos hablando de El Pirata Garrapata.

Pero la similitud no se queda simplemente en los números, sino en una manera de tratar la política tan centrada en las intrigas y la puñalada trapera que hace que el quedar para matarse en un descampado sea solo una alternativa más, y no necesariamente la más importante. Evidentemente, la manera ideal de trasladar todo esto al videojuego pasa por lo que se conoce como alta estrategia, y es algo de lo que debería tomar buena nota alguien si es que en algún momento aspiramos a contar con una adaptación a la altura de la obra de George RR Martin. Es más, tiemblo al pensar en lo que una Total Conversion de este mismo juego podría hacer con mi vida social, y eso ya debería ser indicativo de muchas cosas.

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