Análisis de Ruiner

Recuerdo, y no con demasiado cariño, ese partido de blitzball que te obligan a jugar en Final Fantasy X. Es una actividad totalmente ajena a la aventura principal y no contribuye en nada, pero aún así tienes que hacerlo ¿Y por qué? Porque Tidus juega a blitzball, dicen, pero en realidad porque alguien lo inventó y tenían que meterlo con calzador y mucha vaselina. Es uno de mis escasos recuerdos de la adolescencia: yo frente a la pantalla, el rostruo de absoluto neutro, aporreando cualquier botón con la esperanza de que termine pronto el sufrimiento y termine esta versión impía del fútbol de una maldita vez. Los aditivos vacíos o nocivos existen en todas partes, pero al menos la comida con aceite de palma tiene un cierto sabor. Te comes un twinkie y eres feliz hasta que te das cuenta de que estás comiendo un twinkie, pero el blitzball es agonía de principio a fin, sale de ninguna parte y permanece como una cicatriz. No recuerdo si son uno o dos los partidos que debes jugar por narices, pero incluso si fuera uno solo ya sobrarían tres. Luego puedes jugar la liga si estás grillado y no tienes nada que hacer con tu vida, pero sigue siendo una inclusión inútil que ni viene ni va.

Digo todo esto porque, de vez en cuando, Ruiner te suelta por las calles de una ciudad cyberpunk para que des vueltas, hables con la gente y busques misiones secundarias si tanto lo deseas. Es una experiencia corta, así que quizá esta sea la manera de compensar, pero por muchas vueltas que des sigue siendo una ciudad vacía. Un lugar en el que no hacer nada. Te ponen ahí porque alguien ha querido crear esa ciudad y desde Reikon Games no saben qué otro nexo podría conectar zonas. Al menos Hotline Miami limita el espacio a una casa, algo pequeño que comunique en silencio su idea innoble de una violencia grotesca.

Pero me estoy desviando.

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