"Pequeños detalles" es una serie de artículos dedicados a analizar los elementos individuales, filosofías de diseño y demás aspectos que marcan a videojuegos concretos.
Hace cosa de un mes viajé con mi familia a Las Vegas. Un calor infernal y todo más caro que una entrada de la Champions en reventa, pero ya desde que estaba llegando en avión, me sentí cautivado. O quizá debería decir, el único momento en que me sentí realmente cautivado fue en el avión, a vista de pájaro, tras despertar de un largo sueño, frotarme los ojos secos y mirar por la ventanilla para encontrarme con un paisaje que no supe reconocer como de este planeta. Lo primero que vi fue un montículo de arena, como esa que endurece cuando la golpeas, que casi parecía papel cartón arrugado para fingir ser una roca en algún Belén casero. Los ojos me engañaban. Pero el avión siguió moviéndose, me froté una vez más, los ojos se entiende, y junto a la montaña había un hilillo marcando lo que al principio creía era una grietecilla pero la inspección demostró ser un camino. Eso no era un montículo sino una colosal montaña y las casas que empezaban a llamar la atención conforme llegaba la noche no eran más que minúsculos puntos de luz. Una maldita montaña. Cómo. Era una visión imposible, una llanura planchada por alguna apisonadora cósmica y, de pronto, Dios había bajado las manos, arrugado un montón de papel cartón y dicho que eso era una montaña, el muy sinvergüenza. No concebía que hubiera semejante contraste entre líneas horizontales y diagonales.
Mi primer instinto fue pensar que quería perderme.
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