Volviendo a es una sección en la que recuperamos juegos ya publicados para ver cómo han evolucionado con el paso del tiempo y comprobar si mantienen su vigencia y siguen siendo recomendables a día de hoy. Hoy regresamos a la mansión de los Baker y a Resident Evil VII, aprovechando que justamente se cumple un año de su lanzamiento.
Pocos gestos representan mejor el terror actual en el medio como abrir una puerta. Una acción inocua, cliché dentro del género desde hace décadas, que con el auge de los juegos en primera persona y la realidad virtual está viviendo una verdadera época dorada. Detrás de esas tablas de madera maciza, como si fuera un concurso familiar televisivo, puede encontrarse cualquier cosa: en ocasiones, un monstruo sediento de sangre -la nuestra, concretamente-; en otras, y no por ello menos terrorífico, nada. Es un miedo atávico, primitivo, cuya explotación depende únicamente de la mano encargada de disponer todas las piezas en el escenario, quien puede jugar esa carta como algo crudo y visceral o como algo psicológico y diseñado para remover nuestra conciencia o nuestros nervios en vez de nuestras literales tripas.
Resident Evil VII emplea indiscriminadamente ambos métodos, también como manera de distanciarse de su propia idiosincrasia. La necesidad de revitalizar la franquicia tras el relativo fiasco, al menos de crítica, de Resident Evil 6 llevó a Capcom a plegarse a las modas, y es evidente que títulos como Outlast, Amnesia o ese experimento jugable que fue P.T. (quien, a su vez, parecía intentar un movimiento similar con Silent Hill) acabaron permeando en su concepción, pesando más que un legado cuya evolución a lo largo del tiempo ha evidenciado un elemento capital por encima del resto: la relación intrínseca existente entre el espacio y el terror.
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