Llamadme cursi, pero siempre he pensado que uno de los principales secretos de los juegos de ocho y dieciséis bits era su capacidad para estimular la imaginación. Creo que esto es especialmente cierto en el caso de las grandes franquicias del rol oriental, y que toda esa nostalgia fuera de control que uno siente al recordar su primer JRPG tiene mucho que ver con la limitación tecnológica, con los aldeanos clónicos, con las fortalezas voladoras resueltas con cuatro píxeles y con esas historias épicas pero justitas en lo visual que impactaban de lleno en un chaval arrodillado frente a la tele, con la mente dispuesta a llenar los huecos. Si estos juegos sabían pegarse a la piel es porque en cierto modo teníamos que hacerlos nuestros, y aunque esto podría llevarnos a una preciosa discusión sobre lo mucho que hemos perdido por el camino y lo bonito que era rebobinar cassettes con un bolígrafo creo que este es el motivo por el que, sin ser en absoluto un fan de la saga, esta undécima entrega de Dragon Quest me ha fascinado desde el preciso momento en que fue anunciada.
Más concretamente me refiero a su versión portátil, esa pequeña genialidad que utiliza la doble pantalla de 3DS para dibujar una línea en la arena y situar a ambos lados presente y pasado. Dos juegos, dos épocas, dos encarnaciones de la misma historia corriendo al unísono, bañando el marco inferior de píxeles y nostalgia bidimensional y mostrando en el superior, como por arte de magia, el aspecto que realmente tendrían todos esos muñecos. El salto de las dos a las tres dimensiones, en cierto modo el salto entre imaginar y ver, como justificación definitiva de un experimento que parecía sacar los colores incluso a vacas sagradas del género: no hay más que recordar el reciente remake de Secret of Mana, y su timidez a la hora de representar unos escenarios originales que, recluidos en una esquina y despoblados de enemigos, no eran más que un triste recuerdo. En fin, ojalá mis sagas favoritas se hubieran atrevido a tanto.
Así las cosas he de reconocer que la versión que nos ocupa, el lujoso e indudablemente más potente Dragon Quest XI que alberga Playstation 4, parecía perder parte de su encanto. O eso pensaba yo, porque me alegra poder decir que este es uno de esos casos en los que estoy encantado de equivocarme: es cierto que el gimmick se echa de menos y que la ausencia de un espejo directo donde mirarse podría restar impacto a un apartado gráfico vistoso pero simplemente correcto en lo técnico, pero todos esos fantasmas se dispersan pronto, en cuanto tropiezas con el primer grupo de limos y te das cuenta de que la única pantalla inferior que necesitas está en tu memoria. Es, supongo, la recompensa justa a esa cabezonería y esa apuesta sin condiciones por la tradición que la serie ha mantenido desde sus inicios, encarnada aquí en una colección de diseños inconfundibles que ahora por fin contemplamos en toda su gloria, en una forma final que excede a nuestra propia imaginación mientras se contonea juguetona por la pantalla.
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