Vincent, el protagonista de Catherine, es un tipo que nunca me ha caído demasiado bien. No sabría si calificarlo como un perdedor, porque a los señores se nos ha educado desde pequeñitos en la idea de que el triunfo tiene algo que ver con jugar a todas las bandas posibles, pero pese a su improbable y algo artificial éxito con las mujeres (mientras juego no dejo de preguntarme como un cretino de semejante categoría se las compone para mantener el interés de todas esas señoras estupendas) no es desde luego alguien a quien me gustaría parecerme: es inseguro, infeliz y sumamente cobarde, el tipo de adolescente tardío que culpa sistemáticamente al mundo de su propio desequilibrio hormonal.
Y ni siquiera sabría decir si todo esto supone realmente un problema. Si Catherine busca la empatía entre el público masculino (desde luego que lo hace, y de manera muy insistente) la consigue mediante la lástima y el patetismo, mediante la figura del treintañero asustado que huye del compromiso en calzoncillos abrazado a su almohada, como lo hacen los niños chicos. Supongo que acierta, porque por algún motivo a los tíos nos encanta que señalen con el dedo nuestras miserias. Pienso, por ejemplo, en Alta Fidelidad, sin dudarlo por un segundo una de mis películas favoritas de todos los tiempos, y también una construida en torno a la falta de agallas y las bravuconadas con los colegas. Los hombres somos la escena de Tim Robbins entrando en la tienda, no hay más.
Pero Vincent no es Rob Gordon, no es ese bonachón paranoico que en el fondo solo busca querer, que le quieran y coleccionar rarezas de Marvin Gaye. Las únicas aficiones de Vincent son beber, hacerse la víctima y verse sobrepasado por los acontecimientos.
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