Análisis de Wreckfest

A veces nos perdemos en malabares técnicos y en guerras absurdas, olvidándonos de que los videojuegos en su mayoría tienen, simplemente, el propósito de divertir. Con este fin, de forma esporádica aparecen propuestas que se centran en cumplir dicho objetivo sin demasiados miramientos, emulando los albores del sector, cuando éramos felices con bien poco, sin preocuparnos por las resoluciones o las tasas de frames por segundo.

Esta bien podría ser la carta de presentación de Wreckfest, un título que puede que os suene porque lleva un tiempo pisando a fondo en el mercado. Tras un largo periodo de acceso anticipado en PC, da el volantazo a consolas para que un público todavía más amplio pueda hacer el cafre en un juego donde, aunque suene a tópico, lo menos importante es llegar a la meta en primer lugar, sino que lo que impera es divertirse por el camino. Una oda a la destrucción que nos retrotrae a la época de clásicos como Destruction Derby o Vigilante 8 - de hecho, al frente se encuentra el estudio finés Bugbear, responsables de FlatOut, otra propuesta de corte similar.

Nada más acceder al menú inicial ya comprobamos que el tono canalla impera en todo momento, y que poco más importa. Para ponernos un poco en situación, lo primero que se nos permite hacer es una carrera con una especie de kart en la cual se nos insta a destrozar cinco competidores. Una maraña de motores rugiendo, carrocerías resquebrajándose y neumáticos volando por los aires, vamos, una versión mature de los autos de choque que encontramos en las ferias de los pueblos. Aquí la acción es directa, y casi no hay respiro entre prueba y prueba. Mucho menos cinemáticas para ponernos en situación; directamente la cuenta atrás para pisar el fondo al acelerador y lanzarnos contra nuestros contrincantes. Literalmente.

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