Llevo varias semanas obsesionado con el reboot de Doom. Lo terminé hace un tiempo, tras un hiato prolongado, y no puedo parar de pensar en todo lo que hace bien no solo como shooter, sino como reboot de la propia franquicia. No se juega como el original, se juega como recuerdas que se jugaba al original. Introduce toda clase de componentes modernos cuando sabe que van a acentuar las sensaciones que los creadores quiere provocar, pero no tiene miedo en quitarse de encima todas aquellas convenciones que no le ayudan. Es consciente de sus virtudes y sabe explotarlas con todos los recursos a su alcance, cogiendo todo lo que le conviene del clásico pero llevándolo siempre un paso más allá. Homenajear a un clásico como Doom es muchísimo más fácil que actualizarlo, algo que el juego que nos ocupa puede corroborar.
Butcher no tiene nada parecido a un argumento: una cinemática inicial te muestra llegando en una nave a una base espacial y a partir de ahí ya vamos pegando tiros a todo lo que se mueve en niveles de plataformas 2D. Según la página de la tienda del juego, controlamos a un robot que va a eliminar a los últimos humanos, pero el amasijo de píxels que aparecen en pantalla no permite siquiera intuirlo. Butcher se divide en cinco mundos ambientados en distintas bases del complejo con cuatro niveles cada una más un jefe final para terminar la partida.
Es tan sincero como cristalino en sus intenciones: no intenta disimular ni por una décima de segundo la influencia de Doom, desde el primer menú hasta la paleta de colores de los escenarios, pasando por las transiciones entre pantallas, el repertorio de armas, los medidores de salud y escudo o la música. Brutal música, por otra parte: la intensa y violenta banda sonora repleta de toque industriales es uno de los puntos más fuertes del juego.
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