Análisis de LocoRoco Remastered

Si uno conoce la teoría básica sobre el estudio del arte japonés sabrá de su relación íntima con la naturaleza, que viene no tanto por la belleza de sus paisajes naturales -solo en parte- sino más bien de un respeto reverencial a un medio hostil, capaz de crear pero también de destruir (sobre todo allí, donde darse un bañito de lava o acabar soterrado bajo toneladas de escombros es un poco el pan de cada día). No es casual que obras de otros desarrolladores nipones como Pikmin, Flower o The Legend of Zelda hayan considerado siempre al hombre y a las demás criaturas que habitan el planeta como un elemento más del entorno y no como entes dominadores. No es casual tampoco que el debut de LocoRoco en PSP fuera otro espejo de estas mismas ideas, convirtiéndolo en uno de los representantes más claros de los valores presentes en la cultura japonesa y también en uno de esos juegos inclasificables e imprescindibles que hicieron grande a la ya clásica portátil.

Es de celebrar que Sony haya decidido recuperar títulos como este o su hermano Patapon, ya que por mucho nombre que pudieran tener en su momento y pese a que hoy en día, en un mundo donde los indies han llevado a la normalidad a este tipo de juegos, quizás sea más sencillo aceptar la complejidad que puede albergar una obra tan relativamente simple; lo que tenemos aquí sigue siendo una pequeña rareza: Un juego comedido, tan centrado en lo que quiere ser y a dónde quiere llegar que nos hace caer en el error de considerarlo infantil aún siendo una obra madura, personal y tan completa que es capaz de emocionar a los más pequeños con formas, colores o música y a los ya talluditos mediante un sistema de control exigente pero efectivo, un sentido del humor amable y una sensación de descubrimiento constante.

Para los que llegan nuevos a él, decir que LocoRoco es un juego de plataformas sencillo cuya mecánica básica pasa por controlar a los pequeños seres que dan nombre al juego mediante los gatillos L y R, ya sea saltando o inclinando el eje del escenario para usarlo en nuestro favor. La peculiaridad de estas pequeños círculos cuquis es su capacidad de unirse en un solo ente o separarse según convenga, de tal manera que podemos aprovechar nuestra mayor envergadura cuando sea necesario romper alguna pared o colarnos por distintos recovecos para avanzar en nuestra misión, que no es otra que detener una invasión alien y salvar al mundo -algo también muy japonés, esto-. Insisto aquí en la dificultad relativa del reto, ya que aunque saltar de fase en fase, ocho para cada uno de los cinco mundos, es en apariencia sencillo, contamos con distintos coleccionables en forma de criaturas adorables ocultas conocidas como Muimui, pequeñas bayas que recolectar y una serie de secretos que alargan la dificultad y nos complican conseguir una buena puntuación final.

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