"Pequeños detalles" es una serie de artículos dedicados a analizar los elementos individuales, filosofías de diseño y demás aspectos que marcan a videojuegos concretos.
Por motivos que escapan a mi trabajo en esta casa, desde hace unos pocos días he empezado a documentar, o al menos intentarlo, pero de alguna manera grabarme mientras trabajo en mis distintos quehaceres. Un blog. De vez en cuando cojo la cámara, me aseguro de que la imagen no está desenfocada y empiezo a hablar. Si el destino así lo quisiera y muriese ahora mismo, quien tuviera la suerte de encontrarse con mi cadáver tendría esos pequeños bocados de información, archivos en los que hablo a la audiencia sobre cómo me va con el último vídeo, qué estoy haciendo o cómo trabajo, todo convenientemente organizado para ser fácilmente catalogable y comprensible. Este texto, o al menos la parrafada hasta el momento en que exhalare, servirían como remate final, un punto dramático de ese proyecto iniciado y cuya autoconsciencia de rollo meta de alguna manera podría encajar en alguna narrativa mayor si se me perdonase el "oñsiaeghr" final que teclease con mi cráneo al perder las fuerzas y caer sobre mi portátil. Pero estábamos hablando de documentos, no de muerte, y quitando el susodicho y repatético intento de vlog de estos últimos días, no voy apuntando en cada esquina qué me ha pasado o con quién he discutido.
Hilemos: como tantos otros compañeros, he estado jugando a Prey, el de este año, el de Arkane Studios, y es un juego lleno de documentos convenientemente repartidos para formar una narrativa, un ambiente, una atmósfera, misiones secundarias. La Talos I es una nave llena de gente brillante, genios todos ellos porque sabían que, antes de morir, tenían que grabar esa frasecita tan importante y ponerla en esta esquina para que luego tú, jugador, entres a una habitación, cojas el neuromod y la granada que ellos te han reservado desde el Más Allá y puedas escuchar un audio en el que, mira tú por dónde, hablan sobre cómo han cambiado la contraseña del ordenador central y la nueva clave es "Sutil3z4samíEquisDé". Vaya por Dios. Qué maravillosa casualidad y sobre todo qué curioso que en un universo donde la Humanidad haya desarrollado una tecnología que le permita crear colosales estaciones espaciales con gravedad artificial no exista WhatsApp.
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