Análisis de Death Stranding

"Vamos a morir, y eso nos convierte en afortunados. La mayor parte de la gente nunca morirá porque nunca llegará a nacer. Las potenciales personas que podrían haber estado aquí en mi lugar, y que sin embargo nunca verán la luz del día superan en número a los granos de arena del Sahara. Ciertamente estos fantasmas no nacidos incluyen poetas más grandes que Keats, y científicos más grandes que Newton."

Siempre le he tenido miedo a la muerte. Desde que tengo uso de razón la he sentido cercana, como una certeza amenazante y macabra que tan solo esperaba el momento oportuno para destruirlo todo y acabar dándome la razón. He tenido la suerte de no cruzarme en su camino demasiadas veces, pero cada una ha supuesto un peso, un fantasma, el recordatorio cruel de que más tarde o más temprano todo se acabará. La he sentido acecharme en cada pinchazo en el pecho, en cada sacudida a miles de metros de altura, en cada visita rutinaria al doctor. Siempre le he tenido miedo a la muerte, aunque quizá solo tenga miedo, sin más. Quizá simplemente sea un cobarde.

O quizá solo me asuste estar solo, porque la muerte es la soledad, infinita y hasta el fin de los tiempos. Dejar de existir implica, supongo, echar demasiadas cosas de menos, y abandonarse a una nada que simplemente no sé procesar. Esta misma mañana leía la historia de una anciana que había muerto hace quince años y cuyo cadáver había sido descubierto sentado en el baño, a solas, sin que nadie hubiera reparado en su ausencia durante todo ese tiempo, y en el fondo eso es lo que más me aterra: no haber hecho suficiente, no haber tocado a suficientes personas, ser olvidado.

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