Análisis de Windjammers 2 - Playa, frisbees y un arcade de ensueño

Cada cosa tiene su contexto, y si los videojuegos han ido cambiando con el tiempo es porque su contexto ha cambiado. No solo es que la tecnología haya ido evolucionando, sino que la sociedad, tanto en lo económico como en lo social, también lo ha hecho; diferentes circunstancias han traído diferentes formas de jugar, y no es lo mismo jugar en un ordenador, en una consola de sobremesa, en una portátil, un teléfono móvil o una máquina recreativa. Por eso resulta tan difícil traer de vuelta al presente franquicias que llevan ya décadas durmiendo el sueño de los justos. Porque, nos guste o no, el contexto ha cambiado, y lo que una vez pudo tener sentido en portátiles, ordenadores o recreativas, quizás ya no lo tenga en un presente que valora más otras formas de jugar.

Desde la publicación de Windjammers de la mano de Data East han pasado veintiséis años. El juego nos ofrecía una versión derivada del Pong donde sustituíamos los rectángulos por personas en traje de baño y la pelota por un frisbi, pudiendo movernos a lo largo y ancho de nuestra mitad del campo de juego. Las reglas eran sencillas; como en el Pong, anotábamos puntos arrojando el frisbi, pasando de largo al otro jugador, y llegando al límite del campo en el otro extremo. Como en el Pong, nuestro frisbi puede rebotar en las paredes, haciendo que todo sea un juego de geometría de saber cómo va a moverse en cada momento dado. A diferencia del Pong, los jugadores pueden coger el frisbi y mantenerlo en las manos unos pocos segundos sin moverse, tirarlo en forma de globo para que caiga al suelo y ganar puntos si el rival no logra cogerlo a tiempo, y que la cantidad de puntos que ganemos con cada anotación dependerá de dónde entre el frisbi.

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